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La Noche Eterna

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Ante la amenaza del huracán Harvey próximo a nuestra ciudad de Houston habíamos hecho todos los los preparativos necesarios. Tenía experiencia ante los ciclones ya que provengo de Cuba y cada año hay que enfrentar el embate de fenómenos meteorológicos como estos. Protegimos las ventanas, almacenamos alimentos y agua, preparamos un botiquín de primeros auxilios, y baterías para cuando faltase la electricidad. Trasladamos los autos en la parte más alta del estacionamiento de nuestros apartamentos y pusimos en alto todo lo que pudimos.

Todo el tiempo estuvimos pendientes a las noticias observando el desplazamiento de la tormenta hacia el territorio Texano. Los pronósticos más preocupantes eran las abundantes lluvias y el desplazamiento lento y extendido, casi estacionario de esta depresión. El área donde vivimos es una zona baja y rodeada de lagos, por lo que se hacía prioritario seguir paso a paso cada detalle de lo que iba sucediendo.

Al comenzar la noche, se cortó la electricidad. Seguimos las noticias a través del teléfono celular. Comenzó a subir el agua tan rápido que en cuestión de minutos se bloquearon todas las salidas del área. La corriente que invadía aquella zona era tan fuerte que en unas pocas horas ya ha había sepultado toda la planta baja de nuestro edificio.

Subimos al segundo piso y desde allí comenzamos incansablemente a llamar a los números oficiales de rescate. Éramos miles de personas en la misma situación y se hacía difícil concretar un rescate. Pasamos toda la noche pidiendo auxilio y la respuesta no se confirmaba. Uniéndose a nuestros clamores e intentos por encontrar una solución inmediata, se encontraban muchos pastores y hermanos de iglesia. Algunos intentaron ir hasta donde estábamos, pero las autoridades habían bloqueado el paso y solo podían ingresar rescatistas oficiales. 

La noche pareció durar una eternidad. Seguimos las instrucciones que nos dieron: estar visibles y con luces en caso de que fuesen por nosotros. Así llegó la mañana y ya para ese entonces era espeluznante el volumen de agua que corría a pocos pies de distancia de nosotros. Fuertes corrientes arrastraban todo a su paso y el tan esperado rescate no acababa de llegar. 

Éramos seis adultos y dos niños los que habíamos quedados atrapados y así como nosotros, cientos de inquilinos de los departamentos. Oraba sin cesar y confiaba en el Salmo 46. Repetía las palabras de Salmos 56:3, “En el día que temo, Yo en ti confío”. Sentimos un helicóptero que parecía acercarse y decidí lanzarme al agua para que pudiese verme. Mi temerario plan funcionó y el helicóptero me divisó mientras yo desde el agua hacía señales para que mirara hacia donde estaba mi familia pidiendo auxilios desesperadamente con una improvisada bandera blanca. 

Pensamos que llegaría pronto la asistencia, pero se demoró horas. Finalmente llegó un bote y con mucha dificultad por las fuertes corrientes pudimos embarcar a una madre con su hijito de siete meses, y a mi esposa junto a mi hijo. Tuvimos que separarnos en ese momento porque la prioridad era salvar a las madres con los niños. 

Pasó el tiempo y aun no llegaban los rescatistas oficiales. Dos miembros de una de mis iglesias se ingeniaron para llegar a mí en una canoa plástica con capacidad para dos personas, sin remos y sin salvavidas. Salté hasta el bote e intentamos salir a través de esas aguas turbulentas afectadas por los helicopteres a nuestro alrededor. 

Mientras intentábamos avanzar encontramos a una señora desesperada por alguien que le ayudará. No podía nadar y sabíamos que el bote no soportaría cuatro personas, pero no pudimos dejarla atrás. La subimos al bote y no alcanzamos a avanzar 100 metros cuando comenzamos a hundirnos. 

Me pude aferrar a una estructura de metal de un techo descubierto para impedir que el bote se hundiera y los dos hermanos comenzaron a nadar en cada extremo del bote. De repente apareció un buzo rescatista y un bote que nos sacó de inmediato hasta un lugar seguro. Evidentemente Dios lo preparó todo para que salvásemos la vida. Envió por mi esposa y por mi niño en un bote seguro y luego ante el intento de mis hermanos de fe, envió refuerzos para evitar que los cuatro a bordo perdiéramos la vida. Puedo decir sin temor a equivocación alguna que además de lo que Dios orquestó para salvarnos, fui salvado por mi iglesia. Fueron mis hermanos los que arriesgaron la vida para que hoy pueda contarles esta historia. Al final puedo decir que gane más de los que perdí, pues gane la certeza de que no estamos solos y que mis hermanos y colegas en el ministerio son además de siervos del Señor, una gran familia. 

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Deyner Acosta es pastor de las Iglesias Adventistas del Séptimo Día Hispanas de Houston North y Kingwood. Vive en Houston con su esposa Yoly, y sus hijos, Karen y Keyler. 

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